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lunes, 22 de noviembre de 2010

Sablazo en el hotel.

Lo prometido es deuda y en la entrada anterior dije que iba a contar una anécdota de hotel. Situémonos en el tiempo pues. 
Como ya comenté en la ya mencionada anterior entrada, la semana pasada la empresa me mandó a trabajar tres días a Ponferrada, lo que implicaba dormir dos noches en un hotel. Modestito, nada del otro jueves. Cuatro estrellas para ser exactos (hay que reconocer que ahí se portó).


Tras una primera noche estupenda en la que dormí de coña, probablemente y en gran parte debido a las almohadas tan mullidas que amablemente pusieron a mi disposición (y supongo que a la de todos los huéspedes) y la posterior jornada laboral en la que literalmente nos salimos del planning acabando bastante antes de lo previsto. Me dirijo a mi habitación para dejar el bolso, abrigo y bufanda (sí, hizo frío) y refrescarme antes de bajar a cenar. Y con refrescarme me refiero mayormente a evacuar que me estaba meando desde hacía un buen rato, dicho así, con toda la naturalidad del mundo mundial.

Iba por el pasillo pensando que era una pena que al día siguiente dejase la habitación sin haber hecho uso del minibar, que para más inri era gratuito, y que después de ir al baño y cambiar las botas por unos tenis, me tomaba superagustito una coca light antes de bajar al comedor. Paso la tarjetita, abro la puerta, paso la correa del bolso por encima de la cabeza y en ese momento mi vista se posa en una cestita que hay encima de la cama. ¡Ale! más "regalitos" además de geles, cepillos de dientes, esponja para los zapatos, gorros de ducha, jabones, clinex... que ya reposaban en el fondo de mi neceser a la espera de que repusieran.
¡Qué ilusa soy! no eran "regalos" era una clavada de 19 eurazos por lavarme y plancharme, dos bragas (3,50 euros cada braga ojo al dato), un sujetador, un par de calcetines y dos camisetas. ¿¿¿¿¿¿Para qué coj....(piiiiiiiii) quiero yo que me planchen las bragas?????? Mientras asimilaba lo que había pasado, mis pies cobraron vida propia y, por inercia, se dirijieron a la nevera. Mi subconsciente sabía exactamente lo que tenía que hacer: AMORTIZAR el sablazo. Así que abrí la neverita y a la cocacola que tanto pedía mi cuerpo, le siguieron una tónica y una fanta de limón.

Mientras me tomaba el refrigerio (momento experimental: daros cuenta que aún no fui al baño, los sobresaltos hacen que la vegija aumente su capacidad, sino no me explico que "la rellenase" a lo bestia y siguiera sentada en la silla mirando para la cestita de marras mientras caían una a una todas esas bebidas), hice una recomposición de los hechos. La noche anterior, cogí mi ropa y la metí en la bolsa que dejan los de la lavandería, le quité el papelito donde se anota lo que quieres que te laven (si es que quieres que te laven algo que no era mi caso) y le dejé en la parte de arriba del armario lejos del mundanal ruído y de las miradas indiscretas de los empleados del hotel. Os preguntaréis por qué no la dejé dentro de la maleta. No fue un descuído, lo hice con toda la intención. Si los calcetines desprendieran o desprendiesen olor, no apestarían la ropa que me pondría en días sucesivos.

O sea que los muy mamones, abrieron mi armario, husmearon (porque la bolsa a la vista no estaba que me aseguré y bien sabéis que cuando me aseguro de algo lo hago a conciencia) y decidieron lavarme la ropa y cobrarme semejante salvajada. Debieron pensar que ya puestos en gastos, la planchaban también y así se cobraba oportunamente un plus. ¡La madre que los parió! La de pollos que les tengo montado a mis padres y a mi hermana por abrirme el armario sin mi permiso y vienen estos y no se quedan en abrir sino que, por encima, cotillean. ¡La madre que los parió otra vez! (y otra más, que puestos en gastos yo también hago recargo).

 Tras atender una llamada de mis padres, con los que no escatimé en expresiones malsonantes para dejar patente mi estado de gran cabreo, bajé a cenar. Tras la cena con mis compis, fui a recepción para ajustar cuentas, ya que, aunque por esta vez generosos, en la empresa no me pagaban el planchado de la ropa interior, y le dije en el tono más educado que me salió (estaba totalmente calmada, la cena hizo milagros) que me cobrasen el servicio de lavandería que, para nada, había pedido. Al final resultó que para solventar "el mal entendido" (todavía sigo sin entender qué entendieron mal) me cobraron únicamente los costes que les suponía a ellos. Me siguió doliendo pero algo menos.
¡Ah! y se me olvidaba, con la cena tomé una botella de medio litro de agua y todavía subí y me puse cómoda antes de evacuar. Empíricamente probado: los sobresaltos ensanchan la vejiga.

sábado, 20 de noviembre de 2010

¿Qué ha sido de mi vida en las últimas semanas? El resumen, aquí.

"Peacho" ausencia en el mundo blogger la mía de estas últimas semanas, pero es que no daba para más. Voy a hacer una confesión: "Me llamo María_MC y no soy superwoman. No muy a menudo, pero a veces me canso y todo".
El día tiene únicamente 24 horas y a mí, de verdad, que me hacen falta un par de ellas más. Mi problema es que no renuncio a nada y las horas que necesito se las quito al sueño. Consecuencia: llega un momento en el que me convierto en un zombie que hace las cosas por inercia (respirar incluído). A continuación, resumen de lo que me deparó el destino en estos días en diversos aspectos: algunos importantes, algunos nimios y otros me los reservo para mí.

En primer lugar el motivo de mis desvelos del último mes y medio: quema en la empresa a nivel estatal. Mucha gente a la calle, no hubo distinciones entre fijos y eventuales. Afortunadamente , por ahora, me mantengo en mi puesto más de medio año más, en principio. Yo libré, pero no todos tuvieron la misma suerte. Mierda de crisis que no deja a una llevar una vida estable y sin sobresaltos.

Este mes y medio de sufrimiento en silencio ha hecho que me plantee seriamente por primera vez desde que acabé la carrera el irme al extranjero a trabajar. Hasta ahora es una posibilidad que contemplaba de refilón. No quería, ni quiero, marcharme de España pero también soy consciente de que tengo que comer y me subo por las paredes cuando no tengo nada que hacer. Soy una persona hiperactiva que necesita trabajar/estudiar como respirar. Aquí las cosas pintan peor que en el resto de Europa, por lo que me iré donde pueda trabajar. Si alguien sabe de un país en el que necesiten desesperadamente Ingenieros Químicos especializados en Ingeniería Medioambiental y de Procesos, por favor, no os cortéis. Mi mail es el del perfil.

Por otra parte, la empresa me mandó a trabajar unos días al Bierzo, la tierra de mi abuelo. Tengo que volver con calma un fin de semana porque el trabajo no me dejó ver poco más de los alrededores del hotel y, por lo visto, hay unas rutas de senderismo alucinantes por la zona y tengo ganas de una escapada de fin de semana dedicada al senderismo. Fue emocionante, creo que mi sangre leonesa fua la que más fluyó por mis venas con más fuerza esos días.
Más cosas. Me corté el pelo. Ya no podía retrasarlo más, tenía que sanearlo después de haberlo castigado en verano con salitre y cloro. Llegué tan agotada a la peluquería que le dije al peluquero: "Diego, haz con mi pelo lo que te de la gana, no tengo ni fuerza ni ganas de pensar. Corta lo que tengas que cortar, es sólo pelo, ya crecerá". Creo que saltó una alarma en la peluquería y todo. Por lo visto no es muy habitual que la gente le de manga ancha a los peluqueros. Estaba dispuesta a renunciar a la melena que tanto me costó dejar crecer. Su respuesta fue: "Ni de coña, eres muy alta y estás delgada, la melana larga es lo que te sienta bien y este año se llevan las melenas largas con volumen". Si tú lo dices.... no sé de pelo me fío al 100%.  Así que, a pesar de mi buena voluntad inicial, el resultado fue que me recompuso el capeado y me cortó las puntas. Vamos, que me arregló lo que tenía.

Libros leídos y que reconmiendo: "Desayuno en Tiffany´s" de Truman Capote. Es un libro de relatos cortos muy recomendables todos. Son a penas 150 páginas, así que se lee rápido. Ideal para la gente que no tiene mucho tiempo pero no renuncia a su tiempo de lectura diario, aunque sea media hora antes de apagar la luz.
"El camino" de Miguel Delibes. Simplemente extraordinario. El premio Nobel de literatura está totalmente devaluado desde el momento en que Don Miguel se murió sin ganarlo. Que les den al jurado, no tienen ni idea de literatura.

Películas recomendadas: "El crepúsculo de los dioses" de mi adorado Billy Wilder. No me cansaré de ver películas de este genio del séptimo arte. "La gran evasión" una de las películas favoritas de mi padre y también lo era de mi abuela. Muy pero que muy requeterrecomedable. Creo que la he visto como 100 veces (básicamente siempre que la echan por televisión) y nunca me canso. Además, atencion chicas: sale Steve McQueen, que siempre es un aliciente ;).
La siguiente que tenemos en la recámara (es que estas pelis las veo con la misma gente siempre) "Irma la dulce" y alguna de Berlanga (D.E.P.), que ya hemos hablado que hay que hacerle un homenaje de la mejor forma que se nos ocurre: viendo alguna de sus películas. Tenemos que hacer una puesta en común para elegir una que no haya visto nadie.

En el apartado de series, voy a recomendaros dos de mis descubrimentos más recientes: "The good wife" y si además os pasa como a mí, y tenéis debilidad por las series de abogados, acaba de convertirse en imprescindible. Somos varios los miembros de mi familia los que estamos enganchados a los casos de Alicia Florick.
"Cougar Town" la serie de Courtney Cox (Mónica en Friends), tras el fiasco de "Dirt", comedia disparatada para reir a mandíbula batiente. Capítulos de 22 minutos ideal si se dispone de poco tiempor y urge la necesidad de reir.

Por último, por si a alguien le produce curiosidad mi persona y considera que no cuento lo suficiente de mi vida, obra y milagros en este blog, a la derecha acabo de habilitar un gadget para Fromspring. El mecanismo es sencillo: me hacéis preguntas y yo respondo. Prometo responder siempre aunque sea un "sin comentarios" si veo que la cosa pasa de madre.
Y nada más por ahora, a lo largo de la tarde iré leyendo vuestros blogs y me iré poniendo al día con vuestras vidas. En la próxima entrada: anéctota de hotel.



martes, 26 de octubre de 2010

Razones por la que no se debe guardar un coche de empresa en el garaje de uno

Si alguien es una persona obsesionada por el control, el orden y que todo, absolutamente todo, esté bien hecho, nunca debería caer en la tentación de guardar uno de los coches de la empresa en el garaje. Lo mejor de todo es que, a priori, puede parecer una idea estupenda. Pero ¡no! no os dejéis engañar en realidad es pésima.

Todo comenzó cuando a una servidora se le comunicó que debería ir esta semana a trabajar a Lugo, hasta ahí bien (además que conseguimos apurar el trabajo y no tentenos que volver, ya lo acaba otra compañera que es de allí). Que tenía que ir mañana y tarde, que debería ir y venir y que calculando, debería salir a las 7:30 a.m. de Ourense para estar, como muy tarde, a las 9:00 entrando por la puerta del sitio al que tuve que acudir. El lunes, no quedó más remedio que pasarse por la oficina puesto que teníamos que coger varias cosas, entre las que se encontraba, por cierto, el coche.
La semana pasada, mientras preparábamos el viaje se me ocurrió la "estupenda idea" de proponerle a la compañera con la que iba a hacer los viajes, guardar el coche en  mi garaje (quedamos en que yo conducía a la ida y ella a la vuelta), de este modo saldría a las 7:20 de mi casa, la recogía y a las 7:30 iniciábamos la marcha y así podía dormir un ratito más ya que evitaba ir a la oficina, coger las llaves y  maniobrar en el garaje de la oficina. Ese espacio en el que los coches descansan totalmente apiñados y, con un 4x4 tan grande, es algo desesperante cuando uno está recién levantado y con los reflejos desperezándose. A ella le pareció bien, de hecho me lo iba a decir primero sino me llego a adelantar, y ninguna pega de los jefes. Estupendo.
Cuando llego los domingos, dejo el coche de culo tal y como vengo. Para vaciar el maletero es más cómodo y, francamente, los viernes tengo más paciencia para sacar el coche que los domingos para aparcarlo. Ayer por la noche, cuando llegamos de Lugo, me dije que era preferible maniobrar en ese momento y no esta mañana con prisa. Pues ¡ale! a dejar el coche listo para salir. Claro, una está  acostumbrada a su Polo, no a un Suzuki Gran Vitara super ancho, conducido por todo el mundo con las consecuencias que ello implica para su embrague.

A pesar de que el susodicho coche tiene varios golpes y bastantes rascazos y que no debería dolerme como me duele el mío, allá fue María_MC con sumo cuidado. Piano, piano. No había prisa. Lo importante es que al coche no le pase nada y no cargarme un retrovisor. Estaba tan obsesionada con la columna y el retrovisor que casi golpeo mi propio coche que estaba aparcado justo a la derecha. Primer susto.
Lo aparco, compruebo de forma compulsiva si apagué luces, radio, calefación, lucecitas del techo etc. Mira que si dejo algo encendido toda la noche, me quedo sin batería, tengo que esperar a que me pongan las pinzas, no salgo hasta media mañana y retraso el trabajo. Por supuesto broca de mi jefe, con toda la razón del mundo, por torpe... No, no, no. Es preferible quedarme segura del todo (pero muy, muy segura).
Descargo el coche, salgo lo cierro y voy al ascensor ¿cerré bien el coche? nunca pasa nada, pero mira que si me lo roban. Eso va a caer fatal en la oficina. Vuelvo sobre mis pasos para comprobarlo a pesar de estar bastante segura de haberlo cerrado. Efectivamente, estaba cerrado. Ya que estoy, compruebo una vez más que las luces estaban apagadas. También lo estaban.
Subo a casa, me ducho que venía del gimnasio, me seco el pelo, me pongo el pijama y cuando estaba preparando las cosas para hoy, mi cerebro, que va por libre, comenzó a hacer de las suyas otra vez. ¿Cerré bien el coche? ¿y si cuándo comprobé si lo había cerrado lo dejé abierto? ¿La luz que parpadeaba estando apagado y cerrado era el antirrobo como en el mío? ¿o me dejé algo encendido? ¿Bajo a comprobarlo? No tía, ya te vale por hoy que aún te va a coger el frío y no voy a poder ir a trabajar mañana que hoy me picó la garganta todo el día... ¡NO!, no bajas tienes que aprender a controlar estas cosas que ya gastas una edad. Tira para cama que mañana toca madrugón otra vez.

Haciendo un ejercicio de fuerza de voluntad brutal, no bajé al garaje. Lo que no pude evitar fue darle alguna vuelta más al tema antes de quedarme dormida. 
Por cierto. A pesar de todo, esta mañana cuando giré el contacto, contuve la respiración un segundo antes de ver como, efectivamente, se encendía a las mil maravillas. Y otra cosa más, ya que estamos de confesiones, cuando hoy lo fui a dejar al garaje de la oficina, también hubo comprobación compulsiva.
Desde luego que el cuarto de hora de sueño que gané, no fue suficiente recompensa. Lo peor de todo es que caeré una vez más, cuando me vea en otra de estas. Ese coche volverá a dormir en mi garaje. Seguro, vamos.

Lo mejor de lo mejor, los viajes. Si hasta nos hicimos un CD para escuchar en el coche, con portada y todo "R&M on the road". Además, que nos quedó muy bien con casi todos los estilos musicales representados en algo así como 190 canciones. No nos dio tiempo a escuchar todas y como íbamos hablando no le hicimos mucho caso. Pero nos lo pipa haciéndolo. Y nos reímos mucho con las fotos de la portada (las cosas si se hacen, se hacen bien).

martes, 31 de agosto de 2010

Pasando el sábado en las Islas Cíes

Bueno, bueno, bueno. Sigamos la historia donde la dejamos. Tras la noche mágica del concierto de Muse, haber dormido (o por lo menos haber reposado en cama) exactamente 2 horas y 13 minutos y haber desayunado, mi padre nos llevó a L, a mi hermana y a mí, al encuentro de R. y J.C. para dirijirnos al puerto de Vigo a coger el barco que nos llevaría a pasar el día a tan idílico paraje. Y, además, un día de sol radiante. Parecía que lo habíamos encargado.

Comentar que en el barco a mi hermana y a mí se nos ocurrió una modalidad de palas nueva, "palas barco", que consiste en jugar en cubierta con el subidón de adrenalina que supone el saber que si la pelota cae, con toda probablilidad, lo hará por la borda y nos quedaremos sin ella. No lo probamos por la sencilla razón de que era el viaje de ida y únicamente habíamos llevado una pelota que si no.... que el barco estuviera atestado de gente no nos habría echado para atrás.

Para aquellos que no me conozcáis, destacar que soy una persona que tiene una exceso de energía bastante  considerable. No llego a rozar la hiperactividad, pero poco me falta. Y no lo digo yo, se lo dijeron mis profesoras de preescolar a mi madre y le sugirieron que me matriculase en muchas actividades extraescolares para cansarme.
Y ahora, momento fanfarrón... wait for it (como diría Barney de Cómo conocí a vuestra madre):  lo intentaron, pero no consiguieron que me cansara. Y sigo igual de activa. ¡Ja, chupaos esa, queridas profes!.
Dicho esto, que sepáis que, a pesar de dormir pocas horas, soy capaz de mantener mi ritmo de vida normal al día siguiente de la actividad causante del trasnoche. Mi secreto consiste en mantener una actividad, ya sea física o mental, constante. En el momento en que paro, ¡Bum! el cansancio me cae como una losa y la pifiamos. En este caso en concreto, la actividad constante será de tipo físico, intenté no sentarme en todo el día.

El viaje fue estupendo, un paseo delicioso aunque algo frío a pesar de la sudadera. Una vez desembarcamos, decidimos que era una buena idea hacer una de las rutas de senderismo que hay, nos decidimos por la ruta que llevaba al faro situado en el punto más alto de la isla. El paisaje, precioso. Para cortar el aliento al ser humano medio.

Tras recrearnos en el paisaje y sacar la fotillos de rigor, decidimos bajar a una calita para darnos un chapuzón previo a la comida. El agua estaba bastante fresquita, pero el calor que hacía invitaba a estar dentro del agua por muy fría que estuviese. Nadamos tres veces hasta las boyas, jugamos una horita y pico de palas, otro bañito (con visita a las boyas incluída, ya sabéis: actividad contínua) y a comer. Menuda clavada nos metieron en el chiringuito que está en el centro de la isla, pero no sé si porque tenía hambre o porque realmente estaba rico, la raya a la gallega que me pedí me supo a gloria. La comida me atontó un pelín, pero se superó este "pequeño contratiempo" con un café solo que sabía a rayos, dicho sea de paso, pero que cumplió su función a las mil maravillas.

Nos fuimos a pasar la tarde hasta el momento de coger el barco, a la archiconocida playa de Rodas. Esa que una revista británica señaló como la mejor playa del mundo hace dos años. Algunos del grupo, entre los que se encontraba L, decidieron echar la siesta y mientras R, mi hermana y yo, nos fuimos a pasear por la playa. Llegamos a la calita que se encuentra al lado y nos dimos un baño, llegando una vez más hasta las boyas. De vuelta al campamento base, otra hora y pico de palas. Esta vez, las cuatro personas que estábamos jugando nos lo tomamos tan en serio que acabamos como aunténticas croquetas de tirarnos para evitar que la pelota cayese. ¡Gran partida!

El agua de la playa de Rodas estaba helada, pero esto no fue impedimento para que fuésemos otra vez hasta las boyas (se había convertido en una pequeña tradición para R., mi hermana y para mí). Para secarnos, otra sesión de palas.

Después de un día tan estupendo, dio mucha pena tener que volvernos, pero ¿qué podíamos hacer? la próxima vez lo hacemos en plan camping y nos quedamos el finde entero. Volvimos a casa habiéndolo pasado muy bien y, en mi caso, con la satisfacción personal de no haberme sentado en la toalla ni un segundo en todo el día.

Que sepaís que me senté a las10 de la noche para cenar, una vez llegué a mi casa. Y pasó lo que tenía que pasar: el cansancio hizo mella y lo siguiente fue meterme en cama a las 10:30 y dormir del tirón como un bebé algo así como 10 horas y pico y ¡voilá! lista para otra. A pesar de los años, sigo estando en plena forma.

Os recomiendo a todos que en algún momento de vuestras vidas vayáis a las Islas Cíes, realmente merece la pena. Y hasta aquí el relato por capítulos de mi maravilloso aunque intenso último fin de semana de agosto

domingo, 13 de junio de 2010

Crónica de una visitilla a la capital del reino. Capítulo II: Momentos Paco Martínez Soria

Lo primero de todo, se que llevo totalmente desaparecida bastantes días. Esta vez no hay excusa, en lo que se refiere a "mi vida blogger", estaba en plan totalmente vago. No me apetecía nada escribir y, teniendo en cuenta que defiendo a muerte que uno debe escribir por devoción y no por obligación, pues no lo hice. El día que empiece a considerar escribir aquí una tarea más y me suponga un agobio el no hacerlo pues será el momento de decir adiós a este chiringuito. Pero ya estoy de vuelta dispuesta a contar tres momentos del viaje a Madrid en los que quedó patente que no somos de la gran ciudad.


Momento 1: ni siquiera habíamos salido de Galicia, fue en el mismo aeropuerto de Santiago. Por favor, no empeceis a reiros ya. Por deferencia a nosotras podíais esperar a acaba de leer la anécdota ¿no?, vamos digo yo. Resulta que pasamos el control y nos dirijimos a la puerta de embarque. Avanzamos hasta que llegamos a una cola muy bien formadita sin nadie que se saliese de la fila ni nada. Paramos, mi amiga se sentó encima de su maleta y nos ponemos de palique. No caímos en la cuenta de que la gente a nuestro alrededor hablaba en inglés, estábamos espesas y no supimos ver las señales que había a nuestro alrededor. Tampoco nos hizo sospechar nada que, además de hablar en inglés, eran todos muy rubitos, muy del norte. Nosotras bla, bla, bla.... En esto oímos en un castellano perfecto: "¡Qué de pueblo somos, vemos una cola y ahí que nos ponemos" Ese grupo de chicos estaba en la misma cola que nosotras, es decir, en la del vuelo de Ryanair a Londres, no a Madrid. Nos miramos, miramos a los chicos que, en ese momento, pasaban a nuestra altura, nos encogimos de hombros y les confesamos que también nos habíamos equivocado. Menudo despiste ¿eh? ¡Uff!

Momento 2: no dio tiempo ni a reirnos a gusto de la situación 1, cuando la 2 ya estaba asomando. Llegamos a Madrid, dejamos las maletas y cogemos el metro. Hay carteles enormes y avisos por megafonía de que hay que hacer un transbordo en la propia línea porque hay un trozo de trayecto en obras. Pero a M. C. A. y a mí, no nos entró del todo en el disco duro. Creo que en ese momento no nos daríamos cuenta aunque lo anunciara una banda de música con mayorettes incluídas llevando un cartel con neones para comunicar a los alegres transeúntes el dichoso transbordo.
Nos montamos en el metro y otra vez a darle a la sin hueso. El hecho de que la gente se bajase del vagón y nos quedásemos solas, no nos dijo nada. No supuso ningún tipo de pista que hiciese que se nos encendiese la bombilla. Nosotras a lo nuestro. En esto, oigo por megafonía que se anuncia la parada de la que habíamos partido y se lo comento a mi compi: "M. que estamos otra vez aquí" Ella no se fía de mi oído y me dice que imposible, que no nos hemos bajado del vagón en ningún momento, que seguro que lo oí mal. Y en ese preciso instante, sin dejar que M. acabase su frase (un momento muy de sitcom americana) aparece ante nosotras el enorme cartel que indica que, efectivamente, nos encontrábamos de nuevo en el punto de partida. Esas somos nosotras, aunque llevásemos una camiseta con la frase "Somos de provincias", seguro que no se notaba tanto.

Cuando ya nos confiamos y nos dijimos a nosotras mismas que nos habíamos mimetizado totalmente con los madrileños. Incluso una camarera pensó que éramos de allí (decir que ella era andaluza, lo mismo ella también apestaba a provincias y no nos reconoció). El último día de estancia en la gran ciudad nos encontramos inmersas en la situación 3. Otra de metro, es que somos así de originales ¡ qué se le va a hacer!.

Vamos hacia el ratro, bajamos en la parada de La Latina. Todo el mundo debía de haber tenído la misma idea que este par de dos que somos nosotras y se dirigían hacia el rastro. No sabíamos que esta parada estaba más cerca del infierno que de la superficie terrestre y cuando bajamos y vemos la cola que se forma en las escaleras mecánicas, nos miramos con cierto aire de superioridad, sacudimos la cabeza en plan "paso-de-hacer-cola-que-parecemos-borregos" y nos ponemos a subir por las escaleras de toda la vida a la antigua usanza. Modernidades a nosotras ¡ja! Cuando íbamos por el tercer bloque de escaleras y nos dimos cuenta que nos faltaba el aire, no nos pareció tan mala idea lo de hacer una cola kilométrica para subir sin despeinarnos por las esaleras mecánicas, esa gente sabía lo que hacía, desde luego que sí. Entre jadeos (intentaré simular lo acabada que estaba con unas sencillas onomatopeyas) intentaba decir: "Estoy en forma, ¡ah! subo mogollón de escaleras en el gimnasio ¡ah! y no me canso ¡ah!, fijo que es porque estamos en ayunas ¡ah!, nos acostamos tarde ¡ah! y nos levantamos temprano ¡ah! es cansancio puro y duro !uff!. Ahora lo pienso y me pregunto porqué narices no me callaba y ahorraba energía que buena falta me hacía. Respuesta: mi orgullo de deportista estaba sumamente herido. Como castigo el lunes estuve una hora en el step.
Cuando llegamos a la calle hicimos un barrido visual rápido buscando una cafetería donde tomar algo. Todo vehículo necesita gasolina y nosotras estábamos en el límite, llevábamos bastante tiempo en la reserva.

Cuando en el rastro vimos unas chapas con la jeta de Paco Martínez Soria y la frase "la ciudad no es para mí" la tentación de comprárnoslas fue grande, pero el bochorno estaba cercano. Quizás la próxima vez.
En fin parroquia, sería un detallazo que intentaseis que me sintiese mejor, así que os propongo que me conteis alguna situación similar en la que os viesis inmersos. Sed buenos, y contádmela. Consideradlo la buena acción del día.

lunes, 7 de junio de 2010

Crónica de una visitilla a la capital del Reino. Capítulo I: El resumen de lo que hicimos.

Nuestra aventura comenzó el sábado de carnaval. De forma totalmente espontánea, a mi amiga M.C.A. y a mí se nos ocurrió ir a pasar un fin de semana a Madrid, sin ningún motivo especial ni nada, simplemente un viaje de desconexión y compras. Tras cambiar la fecha numerosas veces por intentar compatibilizar vidas y trabajos (hubo un momento en el que pensé que no lograríamos encontrar un fin de semana en el que ambas pudiésemos), planear, apañar días y demás monsergas llegó el gran día, viernes 4 de junio.
Pues nada, de buena mañana nos plantamos en el aeropuerto de Santiago de Compostela para tomar el avión que nos llevaría al tan ansiado destino. Una vez allí, fuimos a dejar nuestras maletas para comenzar cuanto antes a patear el centro, que tres días tampoco dan para tanto. El campamento base lo teníamos bastante a las afueras de Madrid, sólo diré que estábamos a media hora de metro de la Plaza del Sol, lo que implicaba algo fundamental que marcó el discurrir del viaje: una vez saliésemos de casa, para que compensase el día habría que tardar bastante en volver.
Tras poneros en antecedentes y, sin más dilación, ahí va lo que hicimos los tres días:

El viernes, una vez dejadas la maletas nos fuimos a Sol, donde comimos y estuvimos por los alrededores de paseo. Luego fuimos a la feria del libro, ante la pregunta de qué me compré, os contestaré que me autocastigué hace un mes a no comprarma más libros hasta que no les todo lo que me compré y que tengo pendiente, es decir, un total de 9 libros. A pesar de cumplir el castigo a raja tabla, me encantó el ambiente y disfruté como una enana del paseo entre tanto libro. Al acabar (me imaginaba que sería veces más grande que la de Pontevedra, pero mi imaginación se quedó totalmente corta), nos tiramos un rato a charlar en el césped del Retiro. Madre mía que paz, que gozada poder parar media hora de tu vida para sentarse a la sombra.
Cuando decidimos que era suficiente reposo nos dirigimos al Prado para justificar la parte cultural del viaje y justo en ese momento cerraban las puertas. Nosotras lo intentamos. De allí fuimos a tomar algo y cenar a la Plaza de Santa Ana y para casiña que estábamos algo cansadas.

El sábado fue el día grande de compras, entre pitos y gaitas estuvimos algo más de 16 horas en la calle. Tras la media horita de metro de rigor, nos dimos un buen homenaje en el desayuno y estuvimos por Gran Vía. Después de comer, Fuencarral y alrededores con parada obligada entre medias para tomar un cafecito en la terraza del Starbucks. Cuando empezamos a notar el cansancio a eso de las 9, nos sentamos a tomar algo y a hablar: que si te acuerdas de aquel jueves por la noche, aquella tarde en la biblioteca de la facultad de farmacia en la que no paramos de reir y gastarnos bromas, batallitas de residencia universitaria, que si cuál podría ser el destino del próximo viaje, que si deberíamos de hacer de este fin de semana algo anual, que si deberías ver tal serie, escuchar este grupo o leer aquel libro. Y, sobretodo, carcajadas a mandíbula batiente por doquier. El caso es que llegamos a casa pasadas las 3 de la mañana. Todavía estábamos riendo y cargadas de bolsas.
El domingo, como no podría ser de otra forma, fuimos al rastro. Era algo incuestionable: 2+2 = 4, la tierra es una esfera achatada por los polos y un domingo por la mañana en Madrid, se va al rastro y no hay discusión posible.
Comimos y, como le pillamos gustillo a eso de tirarnos al sol en el campito, pues ¡ale! a los jardines del palacio real. Aeropuerto, retraso de una hora en barajas y de vuelta a la vida real.

Se podría pensar que no hacía falta irnos a 600 km de Pontevedra para hacer lo que hicimos, que no fue nada fuera de lo habitual y, sin embargo, fue una pasada de fin de semana en el que de las 72 horas, tranquilamente 50 me las pasé riendo. Decía mi abuela que la buena conversación es el mejor alimento del alma. Mi alma ha engordado por lo menos 10 kilos en los últimos días.

Y en el próximo capítulo...... Momentazos Paco Martínez Soria del viaje. Esas situaciones en las que nos miramos y nos dimos cuenta de que apestábamos a provincias.