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miércoles, 13 de enero de 2010

Mis primeros pinitos con el alemán


Hay un aspecto de mi personalidad que desconocía y que he descubierto recientemente al estar en el paro: soy workaholic (es que así suena más “cool”, que decir que soy adicta al trabajo). Antes mi problema era que el día sólo tenía 24 horas y me hacían falta un par más, por lo menos, para acabar todo lo que tenía que hacer. Ahora mi problema es que el día tiene todas y cada una de sus 24 horas, ¿qué hago con las 16 que no estoy durmiendo? El no hacer nada me producía tal ansiedad que me busqué ocupaciones además de ir al gimnasio: estudio inglés, hago dos cursos de gestión empresarial y, por si esto no fuera suficiente, ayer empecé a estudiar alemán. Cualquier cosa con tal de tener la mente ocupada y socializar un poco que estoy bastante muerta del asco.

Cómo las clases se imparten en los locales de un club náutico pensé: “Estupendo, a ver si mato 2 pájaros de un tiro, aprendo un idioma nuevo y lo mismo me echo un ligue con yate que me pasee en veranito por la ría". Tampoco pretendo casarme, digamos que estaría bien tener un pasatiempo hasta que encuentre trabajo y me marche de la ciudad. Otra forma más… lúdica, vamos a decir, de tener la mente ocupada.
Llegué con tiempo, así que me fui a la cafetería a chutarme cafeína que llevaba 4 horas sin dosis de café y la cosa empezaba a ser urgente. Observo a la gente que empezaba a llegar, y me di cuenta que yo era la que bajaba drásticamente la media de edad por lo que mi periplo con el alemán se reduciría a aprender el idioma, a no ser que cambiase mi planes y en lugar de un mero entretenimiento lo que buscase fuese heredar rápido. Al final aparecieron un par de chicas de más o menos mi edad, por lo menos, haría alguna amiga.

Empieza la clase y el profe pregunta si estamos todos al mimo nivel, es decir, que no hay nivel. Así era con las excepciones de dos señores que tenían unas nociones básicas. Uno de ellos se conformó con que el profesor (que ya se conocían) le llevase ejercicios más avanzados pero el otro, al que llamaremos el Resabidillo Petardo, estuvo dudando como 10 minutos de si se quedaba al curso o no (pero no fue un debate interno, quiso que todos fuésemos partícipes de su conflicto existencial). A pesar de que el profe le advirtió que era posible que se aburriese, decidió que sería bueno para su ego el mostrar a la concurrencia su dominio de la lengua de Beckenbauer. Como supondréis no se quedó calladito y estuvo toda la clase con un aire de suficiencia que daban ganas de darle una colleja (me quedé con las ganas, me pillaba en el extremo opuesto de la clase).

Siempre fui la de los comentarios graciosetes y sarcásticos en todas las clases en las que he estado, y casi saco mi lado payaso a relucir cuando se dijo que quién más y quién menos sabíamos alguna palabra suelta en alemán. Sólo para verle la cara que se le iba a quedar a la peña, me faltó muy poco para decir que sí, que sabía decir hola, adiós y Heil Hitler. Me contuve, deben de ser los años que ya pesan. Además este tipo de chistes los suelo decir tan seria que la gente se piensa que los digo en serio y, a excepción de una chica, todos me acababan de conocer y tampoco es cuestión de generar una predisposición negativa para conmigo el primer día.

Hicimos los ejercicios de conversación por parejas y a mi me tocó con un señor supermajete, aún me eché unas risas. Procuraré que me toque más veces con él, qué sentido tiene hacer o aprender algo si estás aburrido mientras tanto. La gente se toma las cosas demasiado en serio. No estábamos buscando una cura para el cáncer, estábamos aprendiendo a decir “Hola, ¿cómo estás? y “mi nombre es fulano ¿y el tuyo?” Aprender está bien pero si por encima te lo pasa pipa, pues mucho mejor, digo yo. La primera clase estuvo muy bien, os mantendré al tanto de mis progresos.
Auf Wiedersehen