Lo primero de todo, se que llevo totalmente desaparecida bastantes días. Esta vez no hay excusa, en lo que se refiere a "mi vida blogger", estaba en plan totalmente vago. No me apetecía nada escribir y, teniendo en cuenta que defiendo a muerte que uno debe escribir por devoción y no por obligación, pues no lo hice. El día que empiece a considerar escribir aquí una tarea más y me suponga un agobio el no hacerlo pues será el momento de decir adiós a este chiringuito. Pero ya estoy de vuelta dispuesta a contar tres momentos del viaje a Madrid en los que quedó patente que no somos de la gran ciudad.
Momento 1: ni siquiera habíamos salido de Galicia, fue en el mismo aeropuerto de Santiago. Por favor, no empeceis a reiros ya. Por deferencia a nosotras podíais esperar a acaba de leer la anécdota ¿no?, vamos digo yo. Resulta que pasamos el control y nos dirijimos a la puerta de embarque. Avanzamos hasta que llegamos a una cola muy bien formadita sin nadie que se saliese de la fila ni nada. Paramos, mi amiga se sentó encima de su maleta y nos ponemos de palique. No caímos en la cuenta de que la gente a nuestro alrededor hablaba en inglés, estábamos espesas y no supimos ver las señales que había a nuestro alrededor. Tampoco nos hizo sospechar nada que, además de hablar en inglés, eran todos muy rubitos, muy del norte. Nosotras bla, bla, bla.... En esto oímos en un castellano perfecto: "¡Qué de pueblo somos, vemos una cola y ahí que nos ponemos" Ese grupo de chicos estaba en la misma cola que nosotras, es decir, en la del vuelo de Ryanair a Londres, no a Madrid. Nos miramos, miramos a los chicos que, en ese momento, pasaban a nuestra altura, nos encogimos de hombros y les confesamos que también nos habíamos equivocado. Menudo despiste ¿eh? ¡Uff!
Momento 2: no dio tiempo ni a reirnos a gusto de la situación 1, cuando la 2 ya estaba asomando. Llegamos a Madrid, dejamos las maletas y cogemos el metro. Hay carteles enormes y avisos por megafonía de que hay que hacer un transbordo en la propia línea porque hay un trozo de trayecto en obras. Pero a M. C. A. y a mí, no nos entró del todo en el disco duro. Creo que en ese momento no nos daríamos cuenta aunque lo anunciara una banda de música con mayorettes incluídas llevando un cartel con neones para comunicar a los alegres transeúntes el dichoso transbordo.
Nos montamos en el metro y otra vez a darle a la sin hueso. El hecho de que la gente se bajase del vagón y nos quedásemos solas, no nos dijo nada. No supuso ningún tipo de pista que hiciese que se nos encendiese la bombilla. Nosotras a lo nuestro. En esto, oigo por megafonía que se anuncia la parada de la que habíamos partido y se lo comento a mi compi: "M. que estamos otra vez aquí" Ella no se fía de mi oído y me dice que imposible, que no nos hemos bajado del vagón en ningún momento, que seguro que lo oí mal. Y en ese preciso instante, sin dejar que M. acabase su frase (un momento muy de sitcom americana) aparece ante nosotras el enorme cartel que indica que, efectivamente, nos encontrábamos de nuevo en el punto de partida. Esas somos nosotras, aunque llevásemos una camiseta con la frase "Somos de provincias", seguro que no se notaba tanto.
Cuando ya nos confiamos y nos dijimos a nosotras mismas que nos habíamos mimetizado totalmente con los madrileños. Incluso una camarera pensó que éramos de allí (decir que ella era andaluza, lo mismo ella también apestaba a provincias y no nos reconoció). El último día de estancia en la gran ciudad nos encontramos inmersas en la situación 3. Otra de metro, es que somos así de originales ¡ qué se le va a hacer!.
Vamos hacia el ratro, bajamos en la parada de La Latina. Todo el mundo debía de haber tenído la misma idea que este par de dos que somos nosotras y se dirigían hacia el rastro. No sabíamos que esta parada estaba más cerca del infierno que de la superficie terrestre y cuando bajamos y vemos la cola que se forma en las escaleras mecánicas, nos miramos con cierto aire de superioridad, sacudimos la cabeza en plan "paso-de-hacer-cola-que-parecemos-borregos" y nos ponemos a subir por las escaleras de toda la vida a la antigua usanza. Modernidades a nosotras ¡ja! Cuando íbamos por el tercer bloque de escaleras y nos dimos cuenta que nos faltaba el aire, no nos pareció tan mala idea lo de hacer una cola kilométrica para subir sin despeinarnos por las esaleras mecánicas, esa gente sabía lo que hacía, desde luego que sí. Entre jadeos (intentaré simular lo acabada que estaba con unas sencillas onomatopeyas) intentaba decir: "Estoy en forma, ¡ah! subo mogollón de escaleras en el gimnasio ¡ah! y no me canso ¡ah!, fijo que es porque estamos en ayunas ¡ah!, nos acostamos tarde ¡ah! y nos levantamos temprano ¡ah! es cansancio puro y duro !uff!. Ahora lo pienso y me pregunto porqué narices no me callaba y ahorraba energía que buena falta me hacía. Respuesta: mi orgullo de deportista estaba sumamente herido. Como castigo el lunes estuve una hora en el step.
Cuando llegamos a la calle hicimos un barrido visual rápido buscando una cafetería donde tomar algo. Todo vehículo necesita gasolina y nosotras estábamos en el límite, llevábamos bastante tiempo en la reserva.
Cuando en el rastro vimos unas chapas con la jeta de Paco Martínez Soria y la frase "la ciudad no es para mí" la tentación de comprárnoslas fue grande, pero el bochorno estaba cercano. Quizás la próxima vez.
En fin parroquia, sería un detallazo que intentaseis que me sintiese mejor, así que os propongo que me conteis alguna situación similar en la que os viesis inmersos. Sed buenos, y contádmela. Consideradlo la buena acción del día.